El mapa del ecocidio: por qué América Latina arde en una era de extremos
Los incendios en Argentina y la región ya no son accidentes estacionales. Un análisis sobre cómo el calentamiento global, la quema de combustibles fósiles y la desregulación territorial transforman cada chispa en un desastre de magnitud histórica y desigual.
Con la llegada de 2026, el paisaje latinoamericano ha dejado de ser un refugio de biodiversidad para convertirse en un mapa de focos ígneos recurrentes. Sin importar quién encienda la primera chispa, el escenario es drásticamente distinto al de hace dos décadas: las condiciones cada vez más secas, provocadas por el incremento de la temperatura global y la alteración de los ciclos de lluvias, han convertido a nuestros biomas en polvorines.
Estamos ante los llamados incendios de sexta generación: fenómenos de tal intensidad que liberan energía superior a los 10.000 kW/m, capaces de modificar la meteorología a su alrededor y generar tormentas de fuego propias (pirocúmulos). Este no es un problema de "mala suerte" climática; es una crisis sistémica donde el cambio climático actúa como un multiplicador.
El multiplicador invisible: El rol del Cambio Climático
El consenso científico del IPCC (Panel Intergubernamental del Cambio Climático) es inamovible: la quema de combustibles fósiles -petróleo, gas y carbón- ha alterado la atmósfera de forma tal que los patrones de humedad han mutado.
No es una casualidad meteorológica. Es el resultado de una atmósfera cargada de gases de efecto invernadero (GEI) como el CO2 y el CH4, producto de la quema de combustibles fósiles. El calentamiento global no es solo un aumento de temperatura; es un multiplicador de furia que deseca la biomasa y reduce la humedad relativa, transformando cada chispa -sea por negligencia, rayos o quemas intencionales- en una catástrofe inmanejable.
La respuesta a estos eventos suele centrarse en el combate directo, una tarea heroica pero a menudo insuficiente ante la magnitud de las llamas, como se ve en el trabajo de los brigadistas en las sierras de Córdoba, una escena que se repite cada temporada con mayor intensidad.
El calentamiento global no "aprieta el gatillo", pero sí carga el arma. Crea ventanas de oportunidad mucho más largas, calurosas y secas para que cualquier chispa -ya sea por rayos, quemas agropecuarias o negligencia- derive en un incendio sin control. En Argentina, desde el Delta del Paraná hasta los bosques de la Patagonia, el fuego reduce a cenizas biomas enteros, destruyendo servicios ecosistémicos vitales: regulación térmica, captura de carbono y el aprovisionamiento de agua dulce.
Anatomía de los mitos: Desmontando la narrativa de la "inevitabilidad"
Para comprender la crisis actual, es imperativo desarticular los discursos que simplifican o distorsionan el problema:
Mito: "Los incendios siempre existieron". Si bien el fuego es parte de algunos ecosistemas, la frecuencia, intensidad y extensión actuales no tienen precedentes. El calentamiento global ha roto la capacidad de resiliencia de la vegetación nativa.
Mito: "Si fue intencional, el clima no tiene nada que ver". El origen del fuego (acción humana) y el contexto (clima extremo) son dos capas de la misma historia. El clima decide si esa chispa se apaga sola o devora 100.000 hectáreas.
Mito: "Son desastres naturales inevitables". Presentarlos así oculta decisiones políticas: el cambio de uso del suelo, la urbanización en zonas de riesgo y la debilidad en las políticas de prevención estructural.
Mito: "Más aviones apagan el fuego". En condiciones de calor extremo y baja humedad, el fuego supera cualquier capacidad de extinción física. La solución es la prevención, no solo la respuesta reactiva.
Mito: "Hay que prohibir todo uso del fuego". Esto ignora el manejo ancestral de comunidades indígenas que, mediante quemas controladas, reducen la biomasa seca y evitan incendios mayores. El foco debe estar en la quema ilegal masiva.
Argentina: Un laboratorio de desastres socioambientales
El caso argentino es paradigmático por la diversidad de biomas afectados. En los últimos años, se ha visto cómo el Delta del Paraná -un humedal vital- ha sido asfixiado por incendios recurrentes vinculados a la expansión de la frontera ganadera y la sequía histórica del río Paraná. Aquí, el fuego no solo destruye biodiversidad, sino que libera el carbono almacenado en los suelos orgánicos, retroalimentando el ciclo del calentamiento.
En la Patagonia, los incendios de interfaz (donde el bosque se encuentra con la urbanización) muestran otra cara del problema: la falta de ordenamiento territorial. Los incendios en zonas como el Parque Nacional Los Alerces o los alrededores de Bariloche ya no son eventos aislados; son el resultado de bosques estresados por la falta de nieve invernal y primaveras excesivamente secas.
El laberinto legal: Análisis comparativo regional
La efectividad ante el fuego depende de marcos legales que a menudo llegan tarde. Para entender por qué el fuego parece ganar siempre la batalla, es necesario observarlos. Argentina ha intentado blindarse con normativas que, si bien son ambiciosas en los papeles, encuentran límites severos en su implementación técnica y presupuestaria.
A diferencia de décadas anteriores, el problema hoy no es solo la falta de agua, sino la arquitectura institucional con la que enfrentamos las llamas. Argentina, Chile y Brasil presentan enfoques jurídicos distintos que, ante la crisis actual, muestran grietas estructurales.
1. Argentina: El enfoque preventivo-punitivo
La Ley 26.815 de Manejo del Fuego y su reforma de 2020 (Ley 27.604) introdujeron un concepto polémico, pero disruptivo: la prohibición de modificar el uso del suelo en zonas incendiadas por períodos de entre 30 y 60 años, una protección contra la especulación inmobiliaria; es decir, se prohíbe la venta o el cambio de uso de tierras incendiadas.
Sin embargo, especialistas en ecología del fuego advierten que la ley castiga el síntoma pero no ataca la causa: la falta de una prevención estructural. Mientras se gasta el 90% del presupuesto en el combate (aviones, brigadistas), la inversión en reducir la biomasa combustible o en generar sistemas de alerta temprana es marginal.
El objetivo: Desincentivar los incendios intencionales destinados a la especulación inmobiliaria o la expansión de la frontera agropecuaria.
La falla técnica: Si bien la ley frena el negocio post-fuego, no garantiza el presupuesto para la prevención estructural. En Argentina, el Fondo Nacional del Manejo del Fuego suele ser víctima de subejecuciones o de un enfoque puramente reactivo (pagar aviones hidrantes cuando el fuego ya es incontrolable), ignorando que la batalla se gana en invierno con el manejo de combustibles.
Si bien la ley sigue vigente, el gobierno de Javier Milei ha reducido el presupuesto para el Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF), que coordina acciones entre Nación y provincias, por lo que opera bajo restricciones de recursos, señalan informes.
En 2025, se reportó una subejecución presupuestaria significativa (del 25% del presupuesto asignado) y se disolvió el Fondo Nacional de Manejo del Fuego mediante el Decreto 463/2025.
El proyecto de presupuesto para 2026 proyecta una reducción real del 68.9% para el SNMF en comparación con 2023, limitando la capacidad de prevención y combate.
Existen intenciones por parte del gobierno nacional de modificar la ley para eliminar las restricciones de uso de suelo post-incendio, argumentando que afectan la producción, aunque no se ha logrado concretar su derogación.
En resumen, la ley persiste jurídicamente, pero su capacidad operativa se encuentra fuertemente recortada.
2. Chile: El modelo operativo y sus límites
Chile posee una de las fuerzas de combate más profesionalizadas de la región (CONAF), pero enfrenta una vulnerabilidad intrínseca: su modelo forestal.
El problema de los pirófitos: La sustitución de bosque nativo por monocultivos de Pinus radiata y Eucalyptus ha creado un paisaje altamente inflamable. Estos árboles no solo consumen grandes cantidades de agua, sino que sus aceites y resinas actúan como acelerantes.
Situación reciente: La tragedia de Valparaíso en 2024 y los focos persistentes en 2025 demostraron que ninguna flota de aviones es suficiente cuando el diseño del paisaje está pensado para la producción y no para la resiliencia climática.
3. Brasil: El monitoreo vs. la desregulación
Brasil cuenta con la tecnología de detección satelital más avanzada de la región a través del INPE. Sin embargo, la brecha entre el dato y la acción política es abismal.
El factor político: Durante períodos de desregulación ambiental, el desmantelamiento de agencias como IBAMA permitió que el fuego se utilizara como herramienta de "limpieza" para el ganado. A pesar de los esfuerzos actuales por revertir esto, la inercia de la degradación en el Amazonas y el Pantanal ha llevado a estos biomas a un punto de no retorno donde el bosque ya emite más carbono del que absorbe.
Fuente: Elaboración propia
Voces del territorio: "El fuego es la herramienta del despojo"
Para entender lo que ocurre en las Sierras de Córdoba o en los Humedales del Delta, es vital escuchar a quienes analizan el suelo. Joaquín Deon, geógrafo de la Universidad Nacional de Córdoba e investigador del CONICET, es tajante:
"No estamos ante un desastre natural, sino ante un desastre socioambiental. El fuego hoy es la herramienta que reemplaza a la topadora; allí donde el bosque nativo está protegido y no se puede desmontar, el incendio 'limpia' el territorio para facilitar el cambio de uso del suelo y el avance de proyectos inmobiliarios en zonas de alto riesgo".
Paisaje devastado tras un incendio en el Delta del Paraná, reflejando la pérdida de fauna y la destrucción de un ecosistema vital.
Esta realidad se traduce en una desigualdad profunda. Las comunidades indígenas y campesinas son las primeras en perderlo todo: sus medicinas naturales, sus fuentes de agua y su soberanía alimentaria. Mientras tanto, en las ciudades, el impacto es sanitario, ya que el fuego no es democrático. En América Latina, la crisis actúa como un lente que aumenta las desigualdades:
Comunidades Indígenas y Campesinas: Pierden su farmacia natural y su fuente de agua. Mientras que un incendio en un centro turístico de la Patagonia moviliza recursos nacionales, los incendios en el Chaco Seco o el Bañado la Estrella suelen quedar invisibilizados. Las comunidades indígenas a menudo son estigmatizadas por el uso ancestral del fuego, mientras que las grandes quemas para la expansión de la frontera sojera quedan impunes bajo el rótulo de "accidentes climáticos".
Vulnerabilidad Urbana: En las ciudades, el humo impacta con mayor saña a los barrios populares, donde el hacinamiento y la falta de acceso a salud de calidad agrava las patologías respiratorias derivadas de la mala calidad del aire.
El costo del silencio: A menudo, quienes menos contribuyeron a la quema de combustibles fósiles son quienes asumen los mayores costos en salud y desplazamiento.
La factura en la salud: El veneno invisible
El impacto de los incendios no termina donde se apagan las llamas. El humo es un cóctel de gases y material particulado fino (PM2.5). Estas partículas, de un diámetro inferior a 2.5 µ, evaden las defensas naturales, pasan directamente al torrente sanguíneo, provocando inflamación sistémica, crisis cardiovasculares y afectando el desarrollo fetal en mujeres embarazadas.
La exposición prolongada no solo irrita los ojos; agrava enfermedades cardiovasculares, respiratorias y digestivas. Cuando el Delta del Paraná arde, como ha ocurrido de forma recurrente en los últimos veranos, el viento transporta estas partículas a miles de kilómetros. Para un habitante de Rosario o Buenos Aires, respirar este aire equivale a una exposición crónica que eleva la mortalidad cardiovascular. Según datos de la red de monitoreo de calidad del aire, durante los picos de incendios, la concentración de estas partículas en centros urbanos ha llegado a superar en un 1000% los límites recomendados por la OMS, afectando desproporcionadamente a niños, ancianos y poblaciones empobrecidas con menor acceso a salud.
La ciencia de la atribución ha demostrado que las olas de calor -que ahora son un 1.5 °C más intensas por el cambio climático- agravan la toxicidad del aire al estancar las masas de humo sobre las zonas densamente pobladas.
El Monumento a la Bandera en Rosario cubierto por una densa nube de humo proveniente de las islas, obligando a los ciudadanos a usar mascarillas.
Hacia una gestión del riesgo, no de la emergencia
Los incendios que hoy atraviesan Argentina y la región son desastres socioambientales derivados de un modelo que ignora los límites biofísicos. Para pasar de la reacción a la solución, se requiere:
Ordenamiento Territorial Real: No permitir la urbanización en zonas de alto riesgo de interfaz.
Presupuesto Progresivo: Que el Fondo Nacional del Manejo del Fuego no sea el primero en ser recortado ante crisis económicas.
Integración de Voces: Incorporar el conocimiento local y científico en lugar de depender exclusivamente de la logística militarizada de extinción.
Los incendios que atraviesan América Latina no son anomalías temporales, sino la expresión de una crisis sistémica. El fuego es el síntoma; las causas son el cambio climático, el avance descontrolado de fronteras extractivas y la falta de un ordenamiento territorial que priorice la vida sobre la renta del suelo.
Abordar esta emergencia requiere dejar de mirar solo las llamas para empezar a mirar el territorio. Mientras la quema de combustibles fósiles siga alterando el termostato global y las leyes se enfoquen solo en apagar el fuego y no en gestionar el paisaje, el futuro de la región seguirá amenazado por una columna de humo que no conoce fronteras.
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