Ambiente y naturaleza
Tristeza

La libertad llegó con la muerte: el fin de la agonía de Kshamenk

La orca más solitaria del mundo falleció este domingo tras 33 años de encierro en un tanque de cemento. Su partida pone fin a décadas de explotación comercial y denuncias activistas, pero abre una herida profunda sobre la ética de los oceanarios en Argentina.

El silencio que hoy envuelve el tanque principal de Mundo Marino es, para muchos, un alivio tardío. Kshamenk, la orca macho que se convirtió en el símbolo de la resistencia contra el cautiverio animal en Sudamérica, murió ayer por la mañana. Según el parte oficial del oceanario, el deceso se produjo por un "paro cardiorrespiratorio" vinculado a su avanzada edad, aunque para la comunidad ambientalista, la causa real fue una vida entera privada de su naturaleza.

A sus 33 años estimados, Kshamenk no murió en las aguas frías de la Patagonia de donde se cree que provenía, sino en una piscina de apenas 12 metros de diámetro en San Clemente del Tuyú. Su muerte clausura un capítulo oscuro en la historia de la conservación en Argentina, dejando un legado de preguntas sin respuesta y un reclamo de justicia que llegó demasiado tarde.

Crónica de un encierro perpetuo

La historia oficial narra que Kshamenk fue rescatado en 1992 tras un varamiento en la Bahía de Samborombón. Sin embargo, organizaciones como Derechos Animales Marinos (DAM) y activistas internacionales sostuvieron durante años que aquel "rescate" fue, en realidad, una captura oportunista o un varamiento forzado con fines comerciales. Lo cierto es que, bajo la promesa de una rehabilitación, la orca jamás regresó al mar.

Mirá también: La lucha por la libertad de la única orca en cautiverio de Sudamérica

Durante más de tres décadas, el animal fue la estrella de un espectáculo lucrativo. Aprendió a saludar, a saltar por comida y a posar para las fotos, mientras su aleta dorsal colapsaba -un signo inequívoco de estrés y confinamiento en orcas macho-.

La soledad como condena

El drama de Kshamenk se profundizó en el año 2000, cuando murió "Belén", la orca hembra que compartía su estanque. Desde entonces, pasó 25 años sin contacto con ningún otro ejemplar de su especie. Las orcas son animales altamente sociales, con dialectos y estructuras familiares complejas; privar a Kshamenk de su manada fue, en términos etológicos, una tortura psicológica prolongada.

Aunque compartió espacio con delfines nariz de botella, la diferencia de especies y comportamientos a menudo derivó en agresiones y dominancia, exacerbando el cuadro de lo que los expertos denominan "zoocosis": comportamientos repetitivos y estereotipados derivados del aburrimiento extremo.

La batalla legal que no alcanzó

En los últimos años, la salud de Kshamenk se deterioró visiblemente. Activistas y abogados intentaron interponer recursos de amparo y proyectos de ley (como la "Ley Kshamenk") para lograr su traslado a un santuario marino o, al menos, detener su exhibición. Se argumentaba que el animal era sujeto de derechos no humanos. Sin embargo, las trabas burocráticas y la resistencia de la empresa propietaria dilataron cualquier solución.

Mundo Marino sostuvo hasta el final que el animal era "parte de la familia" y que su liberación era imposible debido a su dependencia humana. Hoy, esa dependencia se ha roto de la única forma irreversible.

Kshamenk ya no nada en círculos. Su cuerpo ha dejado de ser un activo contable para convertirse en bandera. Su muerte debe servir para que Argentina prohíba definitivamente la exhibición de cetáceos y para recordar que el mar, y no una piscina, es el único hogar posible.


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