Ambiente y naturaleza
Crisis hídrica y resiliencia

Cuando la nieve desaparece, las comunidades siembran agua

Tras sufrir la escasez hídrica causada por la pérdida de nieve, comunidades altoandinas de Ayacucho, Perú, recuperan sistemas ancestrales de siembra y cosecha de agua, beneficiando tanto a zonas rurales como a la ciudad de Huamanga. Más de 20 años después del inicio de la iniciativa, la solución sigue ayudando a sostener el modo de vida tradicional de las comunidades, pese a desafíos persistentes y nuevos retos.

*Lina Auccapuclla Maccerhua

A 4990 metros sobre el nivel del mar, en la cordillera Chonta, se levanta Ritipata o "Cima de nieve" en quechua. Desde estas montañas nace parte del agua que abastece a más de 300 mil personas en Huamanga, capital de la región de Ayacucho en el sur andino del Perú.

Vista de Ritipata "cima de nieve" en quechua, durante la inauguración del Museo del Agua. Los comuneros señalan que antes la nieve cubría la montaña, ahora aparece de manera temporal. Crédito: Lina Auccapuclla Maccerhua / Climate tracker

"Antes todo estaba cubierto de nieve, todo el año estaba blanco. Teníamos abundante agua y pasto para nuestras alpacas", dice Luciana Tacuri, comunera y criadora de alpacas de 64 años, mientras observa las montañas desde la comunidad campesina de Santa Fe, ubicada en el distrito de Paras, Ayacucho, Perú, que también es abastecida por esta agua.

Ahora el paisaje es distinto. La montaña luce desnuda: donde antes permanecía la nieve, hoy solo quedan roca expuesta, barro e ichu (pasto de la puna altoandina), con apenas rastros ocasionales de nieve.

"Amanece nevado y al mediodía se derrite", dice.

Cuando era niña, en los años 70, recuerda Luciana, también el nevado Portuguesa permanecía cubierto de nieve. "Tenía incluso un fondo azul". Con el paso de los años, la nieve comenzó a disminuir lentamente. "Cada año era menos. Antes, en época de lluvias, no podíamos subir hasta aquí porque todo estaba nevado", recuerda.

Luciana Tacuri observa la laguna Soraqocha mientras sus alpacas están alimentándose en los pastos naturales de Santa Fe.

Crédito: Lina Auccapuclla Maccerhua / Climate tracker 

La situación de Ritipata no es aislada. Según la Autoridad Nacional del Agua (ANA), las cordilleras Chonta, Huanzo, Chila, La Raya y Volcánica son algunas de las más vulnerables al retroceso glaciar en Perú. En cuatro décadas, la cordillera Chonta perdió más del 92% de su superficie glaciar. Investigaciones sobre los Andes centrales señalan que el aumento de temperaturas, la alteración de los patrones de lluvia y fenómenos como El Niño han intensificado la pérdida del hielo tropical. Además, MapBiomas Perú advierte que el carbono negro generado por incendios forestales, quemas agrícolas y otras actividades ha acelerado el derretimiento glaciar.

El Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) advierte que las montañas tropicales son especialmente vulnerables al calentamiento global y que la pérdida de glaciares está afectando la disponibilidad de agua para millones de personas y comunidades andinas.

Durante décadas, la nieve alimentó bofedales, manantiales y pequeñas lagunas altoandinas que sostenían la vida de alrededor de 650 personas en Santa Fe, comunidad ubicada en la cabecera de la cuenca Apacheta.

Pero hace dos décadas la nieve dejó de permanecer en las montañas. La reducción del agua comenzó a poner en riesgo la principal actividad económica de la comunidad. "Los animales empezaron a morir por falta de agua. Hubo un año en que no llovió ni en enero ni febrero y muchas alpacas murieron", cuenta Clever Ccorahua, joven comunero de Santa Fe.

Clever Ccorahua. Al fondo se observa la comunidad de Santa Fe, comunidad altoandina de Ayacucho, Perú.

Crédito: Lina Auccapuclla Maccerhua / Climate tracker

La comunidad depende principalmente de la crianza de alpacas y llamas. La disminución del agua y de los pastos afectó directamente la economía familiar y transformó una forma de vida que durante generaciones se sostuvo en torno al ciclo natural de las lluvias y el deshielo.

"Antes criábamos todo tipo de animales: llamas, alpacas, ovejas, vacas y caballos. Había suficiente agua. Pero entre 2005 y 2006 ya no había lluvias y nevadas. Los animales empezaron a morir, había muchos abortos de nuestras alpacas y sufríamos mucho", recuerda Gregorio Ccorahua, alpaquero.

La disminución del agua también alteró algunas relaciones de intercambio entre comunidades andinas. Como en Santa Fe no se producen cereales debido a la altitud, las familias llevaban carne, fibra y tejidos de alpaca hacia zonas agrícolas más bajas para intercambiarlos por maíz, papa, cebada o trigo.

"Hacíamos trueque", recuerda Isidro Ichpas, alcalde del Centro Poblado de Tunsulla y alpaquero. "Con nuestras llamas llevábamos carne de alpaca, lana y costales tejidos con fibra de llama. Eran resistentes, ahí guardaban sus cosechas".

Durante generaciones, estos intercambios permitieron sostener relaciones de reciprocidad entre comunidades de distintos pisos ecológicos andinos: las zonas altas protegían las fuentes de agua y las zonas agrícolas producían alimentos.

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La reducción de pastos, la pérdida de animales y la necesidad de obtener ingresos económicos comenzaron a debilitar estas prácticas tradicionales. Muchas familias dejaron de realizar largos recorridos con las llamas y algunos jóvenes empezaron a migrar temporalmente en busca de trabajo remunerado fuera de la comunidad.

Habría sido un escenario de aún más pérdidas si la comunidad no se hubiera organizado y buscado una solución.

"Empezamos a pensar qué podíamos hacer para reemplazar la nieve", dice Godofredo Tacuri, alpaquero y residente. La respuesta nació desde una práctica ancestral andina: las qochas, pequeñas lagunas construidas para almacenar agua de lluvia y liberarla gradualmente durante los meses secos, ayudaron a las comunidades a adaptarse a la desaparición de nieve y a la creciente variabilidad climática.

Godofredo Tacuri junto a la qocha Anccoya de Santa Fe, comunidad altoandina donde las familias impulsan la siembra y cosecha de agua. Crédito: Lina Auccapuclla Maccerhua / Climate tracker

Qochas: una solución para almacenar agua de lluvia

Las qochas forman parte de un sistema más amplio de siembra y cosecha de agua impulsado desde 2008 por la comunidad junto al Centro de Desarrollo Agropecuario (CEDAP), organización que trabaja en la zona desde hace más de dos décadas.

La comunidad y CEDAP han construido y reforzado decenas de diques de piedra y arcilla. Algunas almacenan 2500 metros cúbicos de agua; otras alcanzan hasta 180.000 metros cúbicos. Según la ingeniera Tulia Garcia, directora del CEDAP, actualmente hay 42 qochas capaces de almacenar en total cerca de 2.9 millones de metros cúbicos de agua.

La Ing. Tulia Garcia directora del CEDAP acompañada de Gregorio Ccorahua en la laguna Soraqocha. Al fondo se observa el cerro Quillu Urqu, que en quechua significa "montaña amarilla" sin nieve. Crédito: Lina Auccapuclla Maccerhua / Climate tracker

Las qochas se construyen para almacenar el agua de lluvia y compensar la pérdida de nieve y recargar manantiales altoandinos. Muchas se construyen en depresiones naturales, donde antes se acumulaba agua durante las temporadas de lluvias o deshielo. Los comuneros identifican las zonas observando el comportamiento natural del terreno y luego levantan los diques utilizando piedra, arcilla y champa (bloques de pasto y tierra), para retener el agua y favorecer su infiltración al subsuelo.

Con el tiempo, al mejorar la permeabilidad del suelo se logra retener más agua de lluvia cada año. Durante la época seca, los comuneros liberan el agua lentamente mediante válvulas instaladas para regar los bofedales. Estos humedales altoandinos son considerados ecosistemas clave para la purificación, regulación hídrica y el almacenamiento natural del agua en las montañas.

"En los bofedales está el mejor pastito para nuestros animales. Cuando soltamos el agua de las qochas hacia los humedales, vuelve a crecer el pasto para las alpacas. Si no hubiera estas lagunas, no tendríamos ni bofedales", explica Godofredo. "Cuando no había qochas, hacíamos pequeñas zanjas desde los ojos de agua hasta los humedales", recuerda Luciana.

Las qochas por sí solas no garantizan agua permanente. Su funcionamiento depende también de la situación óptima de los bofedales, los ichus, los suelos que rodean las lagunas y permiten infiltrar el agua de lluvia a los acuíferos.

"La siembra y cosecha de agua no es solamente hacer qochas", explica Tulia. "Incluye zanjas de infiltración, control de cárcavas, manejo de pastos, reforestación con especies nativas y conservación de suelos para favorecer la recarga de los acuíferos. Si no hay pastos o un adecuado manejo del suelo, las qochas terminan colmatándose y almacenando menos agua", advierte.

La experiencia desarrollada en Santa Fe se convirtió en una referencia nacional. En 2016, el Ministerio del Ambiente de Perú otorgó a la comunidad y al CEDAP el Premio Nacional Antonio Brack Egg, por sus acciones de adaptación frente al cambio climático.

Además, el trabajo de siembra y cosecha de agua impulsado en Santa Fe contribuyó al desarrollo de lineamientos técnicos que luego serían replicados en otras regiones del país mediante la creación de Sierra Azul, una política pública del Estado peruano que financia proyectos de siembra y cosecha de agua en distintas regiones del Perú, para enfrentar la escasez hídrica y el impacto del cambio climático.

Agua para resistir

La siembra y cosecha de agua comenzó a implementarse en la Provincia de Cangallo desde el 2003 y fue avanzando progresivamente en la comunidad de Santa Fe, donde se realizaron diques artesanales, zanjas de infiltración y manejo de praderas para recuperar los humedales. Para el 2015, la comunidad ya había construido ocho qochas y logrado duplicar parte de su capacidad de almacenamiento hídrico, según reportes de Ayuda en Acción y CEDAP.

"Ahora tenemos agua para cocinar, lavar y tomar", cuenta Nancy Tacuri, alpaquera y comunera de Santa Fe. Explica que antes, las familias caminaban hasta 15 minutos para recoger agua de pequeños puquiales. En épocas de estiaje debían llegar incluso hasta el río para lavar ropa.

"Ahora tenemos un caño en la casa, gracias al agua que estamos trayendo desde las lagunas", cuenta Nancy.

La investigación realizada por Mabel Tafur concluyó que las qochas mejoraron el acceso al agua para uso doméstico y productivo en Santa Fe. El estudio identificó mejoras en la crianza de alpacas, incluyendo mejor peso, mejor calidad de fibra, menos enfermedades y menor cantidad de abortos.

La evaluación también encontró mejoras en los ingresos familiares vinculados a la venta de ganado, fibra y carne de alpaca. Según el estudio, las familias incrementaron sus ingresos gracias a una mayor disponibilidad de agua y partos durante la época seca.

El análisis de costo-beneficio del proyecto obtuvo un resultado positivo de 2.16, lo que significa que los beneficios generados por las qochas fueron más del doble de los costos de implementación.

Sin embargo, las comunidades advierten que las qochas no resolverán por sí solas la crisis hídrica en los Andes. "Las pequeñas qochas no son suficientes", señala Godofredo.

Explica que las lluvias se han vuelto irregulares. "Antes llegaban desde noviembre, ahora a veces recién llueve fuerte en febrero. Algunas lagunas ya no logran llenarse como antes. Si no llueve, ¿de dónde va a haber agua?".

En Santa Fe, los cambios en las lluvias ya forman parte de la vida cotidiana. El aumento de temperaturas, la reducción de nieve y la variabilidad de lluvias están afectando la disponibilidad de agua en las comunidades altoandinas, especialmente durante la época seca.

El mantenimiento de las estructuras también representa un desafío.

"Hay desinterés, algunos abandonan", reconoce Gregorio Ccorahua, quien participa en el cuidado de las lagunas. "Todos los beneficiarios deberían involucrarse porque el agua es la base principal".

"Antes los abuelos trabajaban en ayni y minka (formas tradicionales de ayuda mutua y trabajo comunitario) para proteger el agua, ahora muchas de esas prácticas se están perdiendo. Los jóvenes ya no conocen esas costumbres", lamenta Isidro.

Para las mujeres mayores, sostener estas prácticas comunales implica además una carga física cada vez más difícil. "Soy viuda y este trabajo necesita fuerza", explica Luciana Tacuri.

Dos de sus hijos migraron fuera de la comunidad en busca de oportunidades laborales y ahora ella permanece sola con una de sus hijas.

La evaluación también identificó que la participación de mujeres en las labores de construcción y gestión de las qochas seguía siendo limitada, debido a las exigencias físicas del trabajo en altura. Asimismo, se halló que el acceso al agua no siempre era equitativo entre todos los sectores de la comunidad, especialmente para las familias ubicadas más lejos de las principales lagunas.

Las familias de Santa Fe no viven concentradas en un solo pueblo. Muchas habitan en distintos sectores altoandinos conocidos como "estancias", donde crían alpacas y llamas y se desplazan de acuerdo con la disponibilidad de agua y pastos. No todas tienen una qocha cercana. En esta geografía irregular de los andes, las lagunas sólo pueden construirse en lugares donde el terreno permite almacenar el agua de lluvia.

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"Las lagunas nos mantienen, pero no es suficiente. Necesitamos otra qocha, más cerca del pueblo, pero no hay un lugar apropiado para hacerla", cuenta Nancy. "Cuando llueve, vemos que el agua baja por los cerros y se pierde. Si hubiera presupuesto y capacitación, nosotros podríamos seguir trabajando", añade.

La presión climática también está transformando la vida comunal. El IPCC advierte que la disminución de agua asociada al retroceso glaciar puede acelerar procesos de migración en regiones andinas dedicadas a la ganadería.

Dos comuneros de Santa Fe, junto al dique de Cruzqocha. Se aprecia la estructura del dique de piedra y arcilla, así como la válvula de regulación del agua. Crédito: Centro de Desarrollo Agropecuario CEDAP 

En Santa Fe, las familias ya observan este cambio. "Aquí no hay trabajo para los jóvenes", cuenta Godofredo. "Se van a Ayacucho, Ica o Lima porque ya no encuentran cómo vivir aquí".

Otra preocupación que tienen los comuneros de Santa Fe es el avance de las concesiones mineras. Aunque en Santa Fe no existen operaciones mineras activas, aseguran que representantes de empresas mineras intentaron persuadirlos con promesas, pero fueron rechazados en asambleas comunales por temor a la contaminación de sus fuentes de agua. "Nosotros vivimos de nuestros animales. Si se contaminan las qochas o el agua, ¿qué vamos a hacer después?", señala Nancy. "Por eso aquí no estamos de acuerdo con la minería".

El agua que consume la ciudad

Mientras las comunidades intentan sostener el agua en las cabeceras de cuenca, la demanda hídrica de Ayacucho continúa creciendo.

El agua que consume Huamanga es conducida a través del sistema hidráulico Cachi. Según la Oficina de Operaciones y Mantenimiento (OPEMAN), la primera bocatoma es Apacheta, ubicada a 4195 metros de altura, que es alimentada por las cabeceras de cuenca donde se encuentra Santa Fe.

Sin embargo, aunque estas montañas abastecen parte del agua que consume la ciudad, la comunidad todavía no forma parte de las intervenciones financiadas mediante los Mecanismos de Retribución por Servicios Ecosistémicos (MERESE).

En Perú, esta política permite destinar parte de las tarifas del agua al financiamiento de acciones de conservación en ecosistemas que abastecen a las ciudades.

Según la Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (SUNASS), actualmente el 0.9% de la recaudación tarifaria de la EPS Seda Ayacucho se destina a este mecanismo.

Las inversiones, sin embargo, se concentran principalmente en otras microcuencas de Ayacucho.

Desde la EPS SEDA Ayacucho señalan que las intervenciones requieren acuerdos comunales y procesos de confianza que pueden tomar años debido a temores históricos relacionados con el control del agua y el territorio.

Autoridades y comuneros construyen zanjas de infiltración (técnica de recarga hídrica) para proteger una de las lagunas de Santa Fe.

Crédito: Centro de Desarrollo Agropecuario CEDAP 

"Hay comunidades que creen que vamos a privatizar el agua o quitarle sus recursos", explica Dante Medina, jefe del Departamento Ambiental de EPS SEDA Ayacucho. Según indica, se realizaron capacitaciones y pasantías para mostrar experiencias similares en otras regiones, pero en algunas zonas persiste la desconfianza.

Sin embargo, en Santa Fe, varios comuneros sostienen que el problema también pasa por la falta de presencia sostenida del Estado y de inversiones permanentes en las cabeceras de cuenca.

"Ellos piensan en Huamanga, pero no en la parte alta donde nace el agua", afirma Godofredo. "Si aquí no se cuida el agua, abajo tampoco va a haber".

Gregorio cuestiona que las intervenciones se limitan a campañas esporádicas de plantación y sostiene que la recuperación hídrica requiere trabajos continuos de manejo de bofedales, control de erosión de suelos, zanjas de infiltración, terrazas de formación lenta y permanente control de cárcavas altoandinas.

"Queremos conversar con quienes toman decisiones", dice. "El agua nace aquí y nosotros seguimos cuidándola".

Mientras las ciudades proyectan nuevas infraestructuras para almacenar y tratar el agua, las comunidades altoandinas intentan sostener las fuentes donde esa agua todavía existe.

"El agua baja de aquí, no va a regresar de abajo para arriba", comenta Godofredo mientras observa las montañas que rodean Santa Fe. "Por eso necesitamos seguir cuidando estas zonas de recarga hídrica".

*Este artículo fue producido con el apoyo de Climate Tracker América Latina y Oak Foundation


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