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‘Si te dedicas a la paz, debes hablar con quienes están en guerra'

El director del organismo de control nuclear de Naciones Unidas, Rafael Grossi, explica por qué cree que el diálogo directo es el único camino hacia la paz y por qué quiere dirigir la ONU

*Julián Reingold

Rafael Grossi ha pasado los últimos seis años en el centro de los enfrentamientos nucleares más peligrosos del mundo y ahora aspira al puesto diplomático más exigente del mundo.

El argentino de 65 años ha dirigido el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), la agencia de control nuclear de la ONU, desde 2019. Durante ese tiempo, ha gestionado el deterioro del acuerdo nuclear con Irán, ha negociado alto el fuego entre Rusia y Ucrania y se ha visto en el centro de una guerra que está redefiniendo la política del riesgo nuclear, la energía y el comercio mundial.

Esto ha dado lugar a amenazas por parte de funcionarios iraníes, y los servicios de inteligencia austriacos le han proporcionado protección las 24 horas del día. A pesar de ello, ha seguido adelante, manteniendo a los inspectores en Irán y el contacto con todas las partes. Es precisamente este historial de estar presente y hablar con todo el mundo lo que ahora presenta como su cualificación para el puesto más importante de la diplomacia multilateral.

A finales del año pasado, Argentina nominó oficialmente a Grossi para suceder a António Guterres como secretario general de la ONU para el mandato 2027-2031.

Dialogue Earth se reunió con él la semana pasada en Viena, en la sede del OIEA, para hablar sobre sus reuniones con Vladimir Putin, la despolitización del desafío energético y por qué la seguridad energética, la diplomacia climática y la política nuclear ya no pueden mantenerse en compartimentos separados.

La entrevista ha sido ligeramente editada por motivos de extensión y claridad.

Dialogue Earth: ¿El mundo está más cerca de un incidente nuclear?

Rafael Grossi: Este conflicto tiene su origen en las cuestiones relacionadas con el programa nuclear de Irán, que ha sido motivo de preocupación durante más de dos décadas. El acuerdo JCPOA [Plan de Acción Integral Conjunto, en español] de 2015 -un marco para limitar las actividades nucleares de Irán- fue abandonado por el presidente estadounidense Trump en su primer mandato, lo que dio inicio a un período de creciente tensión. El pasado junio, la denominada "guerra de los 12 días" se convirtió en el primer enfrentamiento militar directo entre Estados Unidos e Irán, dirigido contra instalaciones relacionadas con el enriquecimiento de uranio, que podrían utilizarse para fabricar armas nucleares.

Ahora, unos meses después, nos encontramos en medio de un nuevo conflicto de mayor alcance: destrucción de infraestructuras energéticas, ataques contra líderes políticos y espirituales, y presión continuada sobre las instalaciones nucleares. Lo que más me preocupa es que esto, paradójicamente, haya reforzado la idea de que las armas nucleares son una garantía de seguridad. Hay quien especula que, si Irán hubiera tenido armas nucleares, esto nunca habría ocurrido. Esa lógica se está extendiendo a otros países de todo el mundo, y eso es profundamente preocupante. También existe el riesgo de un accidente nuclear -no por las armas, sino por el ataque a una instalación nuclear y la liberación de material radiactivo, como ocurrió en Chernóbil el año pasado.

¿Haría algo diferente si ya fuera secretario general de la ONU?

Una carencia fundamental que veo en la ONU es la ausencia del secretario general en la resolución de los principales conflictos internacionales: Irán, Gaza, India-Pakistán, Yemen, Sudán del Sur. En todos ellos, el secretario general no está presente como interlocutor o mediador. Mi experiencia en el OIEA me permitió establecer plataformas de diálogo con el presidente ruso Putin, el presidente ucraniano Zelensky, el gobierno iraní, Israel y Estados Unidos. Ese enfoque -un compromiso directo y persistente- es lo que debería estar haciendo el secretario general.

¿Es esa capacidad para crear diálogo parte de su idoneidad para el cargo?

Creo fervientemente en la capacidad del factor humano para cambiar las cosas. La empatía, el compromiso, la pasión, el conocimiento de la historia y la estrategia; todo ello importa enormemente. Los argentinos somos el resultado de un crisol de culturas. No hay distinciones rígidas. Eso puede ayudar.

Algunos me han criticado por no condenar a ciertos líderes con más contundencia. Pero si inicio una conversación llamando a alguien criminal de guerra, me vuelvo inútil como pacificador. La primera vez que fui a Rusia a hablar con el presidente Putin fue en 2022. Algunos me dijeron que no fuera. Yo respondí: si no hablo con él, ¿con quién debería hablar? Cuando alguien me pregunta cómo puedo estrecharle la mano a esa persona, le digo: hay que hacerlo. Que sean los demás quienes juzguen. Si te dedicas a la paz, debes hablar con quienes están en guerra.

 Rafael Grossi conversando con el presidente ruso Vladimir Putin en 2022 (Imagen: Pavel Bednyakov / Kremlin Pool / Alamy)

Vivimos en una cultura de la cancelación, en la que quienes no están de acuerdo se niegan a hablar. El trabajo del diplomático es reunirlos. Aquí, en el OIEA, estamos desplegados en la central nuclear de Zaporizhzhia, en la línea del frente entre las fuerzas ucranianas y rusas. He estado allí varias veces. Hemos negociado seis acuerdos de alto el fuego entre Rusia y Ucrania para llevar a cabo reparaciones críticas. Para negociar un alto el fuego, hay que sentarse a la mesa con comandantes militares muy difíciles.

¿Es el conflicto de Irán una oportunidad para defender las energías renovables como una cuestión de seguridad energética, y no solo como un problema climático?

La transición energética es más fácil de decir que de hacer. Las estructuras económicas y las cadenas de suministro de muchos países dependen en gran medida de los combustibles fósiles. Recuerdo una conversación con el primer ministro Modi, quien describió cómo cientos de millones de personas en India trabajan en el sector del carbón. Cuando se es responsable de 1.400 millones de personas, terminar con el carbón de la noche a la mañana no es tan sencillo.

El objetivo de 1.5 °C del Acuerdo de París es víctima de muchos factores: la dificultad inherente a la transición y, ahora, la volatilidad generada por este conflicto. Pero la dirección general no es errónea, y estamos viendo resultados. El renacimiento nuclear es uno de ellos, impulsado en gran parte por el debate sobre la seguridad energética. Países de Europa Central y Oriental como República Checa, Rumania, Polonia, Bulgaria y Hungría están apostando fuerte por la energía nuclear. Necesitan reducir su dependencia del gas, necesitan energía de base, y las energías renovables por sí solas no son suficientes. Las energías renovables son buenas, pero son intrínsecamente intermitentes. La energía de base será el gas o será la energía nuclear.

Si resultara elegido, ¿cómo abordaría al presidente Trump en relación con el Acuerdo de París?

Voy a ser muy sincero: no creo que pudiera convencerlo. Tiene una visión muy clara. Pero están ocurriendo cosas positivas en Estados Unidos, en particular la expansión de la energía nuclear, que mitigará indirectamente algunos de los efectos del mayor uso de combustibles fósiles, y que él ha estado defendiendo. El dogmatismo absoluto que prevalecía anteriormente sobre las energías 100% renovables no era viable ni científica ni tecnológicamente. Como diplomático, creo en el término medio.

Dado el enorme consumo energético de la inteligencia artificial, ¿ve una alianza entre la energía nuclear y la IA como un modelo global? ¿Le preocupa el papel de la IA en nuestros conflictos?

Soy optimista respecto a la IA. Como cualquier tecnología, puede tener usos negativos, pero no comparto el catastrofismo sobre la IA. El nexo entre la IA y la energía nuclear es muy fuerte. Organicé una conferencia en Viena a la que asistieron Google, Meta y OpenAI, y en la que se debatió esta intersección. Lo que sí me preocupa son las armas y los sistemas autónomos en los que no interviene el ser humano. Pero eso se puede abordar con una política sensata. La IA es, fundamentalmente, una fuerza para el bien.

¿Necesitan reformarse las estructuras del Consejo de Seguridad de la ONU?

La reforma del Consejo de Seguridad la impulsan los Estados miembros, con expectativas diversas. Algunos países quieren puestos permanentes, otros prefieren un enfoque regional. Pero los problemas del Consejo de Seguridad se derivan de la política, no de la estructura institucional. Sigue siendo indispensable: los cinco miembros permanentes son Estados con armas nucleares, y allí tienen lugar conversaciones esenciales. El plan para Gaza se aprobó con solo dos abstenciones. Los acuerdos siguen siendo posibles.

Lo que falta es un secretario general activo. La historia demuestra lo que es posible. El secretario general no va a ser un santo laico que haga milagros, pero su papel puede ser mucho más eficaz de lo que es actualmente.

Como diplomático argentino de carrera, ¿qué ofrecería a América Latina y al Sur Global, dado que ningún país del Sur Global ocupa un puesto permanente en el Consejo de Seguridad?

La ONU necesita menos posturas declarativas y más compromiso pragmático, en materia de paz, desarrollo y derechos humanos. En lo que respecta específicamente al desarrollo, la maquinaria de la ONU necesita una reestructuración para ser más ágil, trabajando codo con codo con el Banco Mundial y los bancos multilaterales de desarrollo. He cultivado estrechamente esas relaciones en el OIEA. Con demasiada frecuencia se adopta un enfoque esquizofrénico. Los países dicen una cosa en Nueva York y otra diferente en Washington. Creo en un enfoque cooperativo: trabajar con las instituciones que tenemos, hacer que funcionen mejor.

América Latina se encuentra en un momento de oportunidades reales en materia de producción alimentaria, energía, minerales y tierras raras. Y lo que es más importante, es una zona de paz. Los países de aquí no gastan grandes sumas en defensa. Eso supone una ventaja tremenda y libera recursos que podrían destinarse a la educación, el crecimiento económico y la inversión. Soy fundamentalmente optimista, y creo que tener un secretario general de la región no sería malo.

Hay quien dice que las cuentas no cuadran para alcanzar el cero neto sin energía nuclear, mientras que otros ecologistas sostienen que es mejor invertir el dinero en energías renovables de implantación más rápida. ¿Qué opina?

El costo nunca debería ser el único factor determinante en las decisiones energéticas. Lo que los países necesitan son matrices energéticas integradas e inteligentes. Ningún planificador energético serio cree en una matriz basada en una sola fuente. Los países con abundante energía hidroeléctrica no necesitan necesariamente la nuclear. Japón, con su espacio limitado y su gran economía, sí la necesita. La combinación adecuada depende del contexto, no de la ideología.

Ha habido una narrativa falsa sobre la seguridad nuclear [por parte de los ecologistas]. En 70 años de explotación comercial, se han producido dos accidentes graves. Según cualquier métrica de seguros, se trata de un historial excelente. Las tasas de mortalidad de la energía nuclear son inferiores a las de las energías renovables en algunos análisis. En cuanto a los residuos nucleares, todo el combustible gastado de 100 reactores estadounidenses a lo largo de 70 años cabría dentro de un estadio de fútbol. La imagen de residuos radiactivos e incontrolables es errónea. Los reactores modulares pequeños están multiplicando aún más las oportunidades.

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¿Qué reformaría estructuralmente en la Secretaría de la ONU en materia de clima y medioambiente? ¿Puede tener éxito la gobernanza climática sin una cooperación más profunda entre China y Estados Unidos?

Tenemos demasiados organismos de la ONU que se ocupan del clima -siete u ocho- con consejos y enfoques normativos a veces contradictorios. Es necesaria cierta racionalización. China y Estados Unidos, paradójicamente, en las cumbres sobre el clima no suelen estar tan en desacuerdo como se podría esperar. Compiten, pero hay áreas de convergencia. Lo que necesitamos es despolitizar el debate sobre la energía. Ese sigue siendo el reto más difícil.

¿Cuál es el mayor riesgo global de la próxima década?

Hay dos cosas que destacan en mi panorama. La primera es la proliferación de armas nucleares. Hoy en día, con el desgaste de las garantías de las alianzas, países importantes de Occidente y de Asia se preguntan en silencio si necesitan su propia disuasión nuclear. Imagínese un mundo en el que, en lugar de nueve o diez Estados con armas nucleares, haya 25 o 32. Eso es tecnológicamente posible. En un mundo así, el riesgo de que un conflicto convencional derive en un intercambio nuclear se vuelve muy real.

La segunda es la mitigación de la pobreza. Regiones enteras del mundo, como el Sahel, que limita con el desierto del Sáhara, están abandonadas. Estas se convierten en epicentros del terrorismo y la inestabilidad, aparte de las condiciones increíblemente inhumanas en las que millones de personas siguen viviendo sin agua potable ni electricidad. Estos son factores que tienen un gran impacto en la paz y la seguridad internacionales.

*Publicado originalmente en Dialogue Earth

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